El río más largo del mundo es el Nilo: recorre más de 6.600 kilómetros, y es y ha sido la arteria vital de millones de personas durante miles de años, un flujo constante que atraviesa desiertos, montañas… Durante mucho tiempo, su corriente ha fluido de manera constante, su ruta no se ha detenido.
Sin embargo, incluso un río como el Nilo, con su gran extensión, ha tenido sus momentos de lucha. En el pasado, el río se ha visto afectado por barreras naturales que han interrumpido su flujo, como por ejemplo con las famosas Cataratas de Asuán, donde el Nilo se encuentra con un sistema de cascadas y rocas que hacen que su agua se desvíe y ralentice. Durante mucho tiempo, esas cataratas fueron casi un obstáculo impenetrable, un freno para que el río siguiera su curso. A pesar de su fuerza, el Nilo tuvo que adaptarse, buscar nuevos caminos o enfrentarse a la disminución de su caudal.
Este es un buen paralelo para entender lo que pasa cuando vivimos un duelo o una pérdida. Al igual que el Nilo, seguimos el curso de lo que creemos que es nuestra historia, y todo parece seguir su camino. Y te encuentras con una gran barrera: la pérdida de algo importante. Puede ser el fin de una relación, la muerte de alguien querido, o un sueño que ya no puede seguir. Y ese flujo tan natural, esa corriente de vida, se ralentiza, se detiene. Y lo que antes parecía tan claro y fácil, ahora se siente como un cambio irreversible.
Al igual que el Nilo, que no puede volver atrás, tú tampoco puedes regresar al «antes» de la pérdida. El duelo no es un proceso que se pueda acelerar, ni es algo que simplemente puedas «superar». Es un proceso lento, no se trata de olvidar o de pretender que todo siga igual, sino de permitirte avanzar a tu propio ritmo, de rodear el dolor, de aprender a fluir de nuevo, aunque no sea de la misma forma.
Se trata de construir vida alrededor de ese dolor, de tu dolor.






